7 dic. 2010

Siete Pisos

"El Radcliffe Hospital puede ser un poco deprimente. Tiene siete pisos. Quizás conozca a un escritor italiano, Dino Bunzzati; tiene un cuento en algo que le ocurrió aquí, cuando vino a Oxford a dar una conferencia: lo cuenta en uno de sus diarios de viaje.

Era un día de mucho calor y tuvo un ligero desmayo poco después de salir de la sala. Los organizadores, por precaución, insistieron en que lo revisaran en el Radcliffe Hospital. Lo llevaron al último piso, que es el piso reservado para los casos más leves y los estudios generales. Le hicieron allí los primeros análisis y exámenes. Todo iba bien, le dijeron, pero sólo para quedarse definitivamente tranquilos le harían unos estudios algo más especializados. Debían para eso descenderlo un piso, sus anfitriones lo esperarían arriba hasta que todo terminara. Lo llevaron en silla de ruedas, lo que le pareció a él un poco excesivo, pero prefirió atribuirlo al celo británico.

En el sexto piso empezó a ver por los pasillos, y en los bancos de las salas de espera, gente con cara quemada, vendajes, camillas con cuerpos horizontales, ciegos, mutilados. A él mismo lo hicieron recostar en una camilla para hacerle los estudios con rayos. Cuando quiso incorporarse otra vez, el radiólogo le dijo que habían detectado una pequeña anomalía, que posiblemente no fuera nada serio, pero que era preferible, hasta tanto tuvieran el resultado de todos los demás estudios, que se mantuviera en posición horizontal. Le dijeron también que tendrían que retenerlo en observación unas horas más y que preferían bajarlo al quinto piso, donde podrían estar a solas en un cuarto.

En el quinto piso ya no había gente en los pasillos, pero algunas puertas estaban entreabiertas. Pudo ver el interior de una de las habitaciones: sólo se veían frascos de suero, gente postrada, brazos conectados. Quedó solo en un cuarto, sobre la camilla, bastante alarmado, durante un par de horas. Una enfermera entró finalmente, con una tijera sobre una bandejita. La enviaba uno de los doctores del cuarto piso, el doctor X, que haría la evaluación final, para que le hicieran una pequeña tonsura en la nuca antes de la revisación. Mientras los mechones caían sobre la bandejita Buzzati preguntó si el doctor subiría a verlo. La enfermera se sonrió, como si aquello fuera algo que sólo a un extranjero podía ocurrírsele, y le dijo que los doctores preferían mantenerse cada uno en su piso. Pero ella misma, le dijo, lo bajaría por una de las rampas y lo dejaría mientras durara la espera junto a una ventana.

El edificio tiene una planta en U y desde la ventana del cuarto piso Bunzzati entrevió, al mirar hacia abajo, las persianas corredizas del primer piso que describe en el cuento. Había unas pocas abiertas, casi todas estaban cerradas. Le preguntó a la enfermera quiénes estaban en aquel primer piso y recibió la respuesta que consigna en el cuento: allí abajo sólo el cura trabajaba. Bunzzati escribe que en esa hora terrible, mientras esperaba al médico, lo obsesionaba sobre todo una idea matemática. Se daba cuenta de que el cuarto piso era exactamente la mitad de la cuenta regresiva y un terror supersticioso le decía que si descendía un solo piso más, todo estaría perdido. Escuchaba que cada tanto llegaban desde el piso inferior, con intermitencias, como si reptaran por el hueco del ascensor, lo que le parecían gritos desesperados de alguien sumido en un delirio de dolor y llanto.

Se propuso resistir con su vida si con cualquier otra excusa querían volver a bajarlo. Llegó finalmente el médico. No era el doctor X, sino el doctor Y, el médico principal a cargo. Hablaba algunas palabras en italiano y conocía su obra. Dio una mirada rápida a los análisis y a la radiografía y se sorprendió de que su joven colega, el doctor X, hubiera ordenado la tonsura; tal vez, dijo, había pensado en una punción preventiva, en cualquier caso nada de eso era necesario. Todo estaba perfectamente bien. Le pidió disculpas y esperaba, le dijo, que no lo hubieran perturbado demasiado los gritos que se escuchaban desde el piso de abajo. Era el único sobreviviente de un accidente de tránsito. El tercer piso podía ser muy ruidoso, le dijo, muchas enfermeras usaban allí algodones.

Pero posiblemente pronto bajarían al pobre hombre al segundo y volvería a la paz. La anotación en el diario corresponde al 27 de junio del '67, dos días después del choque en el que perdí a mi esposa, el choque en el que murieron también John y Sarah. El hombre que agonizaba en el tercer piso era yo."

Si llegaron hasta acá podrán saber de dónde salió esto: es un fragmento de un capitulo del libro "Crímenes Imperceptibles" de Guillermo Martínez. Por primera vez en mucho tiempo estoy leyendo un libro que no sea Harry Potter. :P

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